lunes, 4 de mayo de 2015

Poesía de Cuba. 10 poemas de Roberto Manzano.

 ROBERTO MANZANO









YO JUNTO CON LAS MANOS, CON LOS OJOS, CON LAS SIENES…



Yo junto con las manos, con los ojos, con las sienes: siempre estoy sediento de seres y de cosas, hambriento de verdad y hermosura;

admiro los enlaces, las pitas invisibles, los eslabones finos, los engranajes más profundos, las hiladuras más aéreas;

todos los seres y cosas se me asocian en imágenes análogas como de padre a hijo, como de sobrino a concuñado;

por todos los senderos vienen hacia mis dedos, hacia el iris de mi corazón, veedor y tejedor incansable, turbinero fragante;

todo se arremolina en mi alma como un vórtice solidario, como un pozo que circula proyectando espirales sucesivas;

convergencia del oxígeno y del olivino, de las letras y los sentidos, de los ojos y las almas, de los astros, las yerbas y los bueyes;

padezco una vigilancia enorme, una haladura continua, todo lo atraigo a los bolsillos de mis versos, al jolongo sonoro;

estoy parado siempre, aunque me desplace, en un pozo a donde caen los seres y las cosas como las astillas regresando al tronco;

mi corazón crece como un frijol húmedo o un loco mamey procurando nitrógeno y pulpa, fijeza y dulzura;

mis brazos se alargan como ramas delirantes, tienen vocación de pulpos celestes, de grúa devolvedora del planeta;

me gustan las espigas balanceándose contra el viento, los caballos galopando por las playas solitarias, el silencio azul de las praderas;

me gustan las habitaciones extensas y altas, llenas de páginas y herramientas, de donde salen las sustancias y los pensamientos;

ay, tengo el dolor de los errores, de las culpas, de los tropiezos, de las caídas donde se malogra el destino;

pero tengo también la fe inoxidable, la pujanza del que levanta su lucero del lodo, del que acicala sus propias ánforas;

yo soy rápido de perdón, inválido para el rencor, conmigo puedes hablar como si los dos ya nos hubiéramos muerto;

todo lo junto, lo coso con la aguja de mi esperanza, con la algarabía de seres y de cosas que canta en mi pulso;

me gustan las cornucopias, que acumulan formas, y los relojes, que coordinan funciones;

prefiero la abundancia y el sistema, el desorden de la pasión y de la bondad, la claridad griega de la inteligencia;

todo lo junto con hambre, con sed, dentro de una extraña plenitud que desdeña lo partidario y lo fraccionario;

soy mílite de lo que crece hacia la luz, aunque no sepan los libros y los estatutos responder a ese crecimiento;

me acerco por todos los deltas del espíritu hacia el equilibrio que, como un eje móvil, nos adhiere al horizonte!






GUSTO DE VER SOBRE LA MESA CIERTAS FRUTAS AGRUPADAS COMO PÉTALOS…



Gusto de ver sobre la mesa ciertas frutas agrupadas como pétalos, pues ellas saturan los ojos, ávidos del color diverso de la vida;

pero me gusta más ver tu mirada de semilla, tus manos en mis manos, palpar con mis yemas el ritmo intermedio de tus senos;

sentir el roce de la hermosa fruta de tu vientre, curvada y promisoria, ese geoide fascinante que ofrece tu cintura;

tu vientre equidista de todo, distribuye arquitecturas deliciosas, centralidad del mundo, Macchu Pichu del cielo;

desde tu vientre parten expediciones invisibles, los cordeles espumosos de la gracia, los fósforos fragantes del fervor;

en tu vientre canta la espiral de tu ombligo, cenote de Liliput, moneda cóncava, ojo primario de la vida;

tu vientre se clausura arriba, se ciñe contra tus vísceras hasta que es una faja y un gozne de movida elocuencia;

la piel de tu vientre es como una pulida sortija, como una transparencia de caracol rosado, como un paladar celeste;

hacia arriba tu vientre es solidario y se prolonga en dos colinas estrábicas hacia donde corre ansiosa la boca;

hacia abajo tu vientre se abre desde el abejeo oscurecido del pubis en dos litorales donde demorar los labios;

tu vientre es un blando cosechero, todo lo coordina y expande hacia la edificación soterrada del hijo;

tu vientre zarandea al planeta, como un péndulo líquido, gira sobre los arranques rítmicos de la entrega;

tu vientre crece hacia los costados con la misma voluntad de las guayabas, con la misma amplitud de los cometas;

a tu vientre me echo, bajo tus manos de gladiolo, para oír como un indio qué bisontes de ternura trae el horizonte.





AHORA TENGO UNAS GANAS ENORMES DE AULLAR…



Ahora tengo unas ganas enormes de aullar, oh Munch, de dar un largo lamento sonoro como una estentórea muralla china;

oh Munch, en el puente que junta los dos cadalsos me sostendría en la baranda gris para desbridar un gran aullido;

espejo del arte, que guardas el instante raro como una duplicación absoluta, qué bien cromas lo incoloro;

vertería un ronquido extenso, desenfadado de fauces, de modo que exhalara de un solo soplo todo el ácido del dolor;

porque ahora exhumo un gran dolor que no es élego ni hímnico, ni flemático ni atlético, ni femenil ni varonil;

es un dolor, Vallejo, sin sabor ni expediente, hincado como una mala vértebra en la sucesión congojosa del vivir;

Munch, para un resonar así con los bronquios del alma hay que poner la baranda, el peso del alma sobre la baranda;

luego que marbeteen, que ausculten, que desahucien como es usual cuando se ha cumplido la honradez del dolor;

ahora daría un aullido de cíclope, de farallón rocoso, de cristal lanzado, de retina pisada, de viento en el desierto;

y no es conmiseración ni perdón ni contribución ni ataque alguno lo que ahora pido, en vísperas de un gran aullido;

sólo deseo deshabitarme el dolor, como un estertor que de pronto sale y se divide en dos rostros que se miran de frente;

luego queda el cráter abierto y regresa el aire del silencio dentro de una inspiración tan larga como un tren;

y va entrando, en anillos de tristeza y consuelo, un color de brasa nocturna como una pequeña fiesta íntima;

y disolviéndose el contorno inmediato, ven los ojos aún rojos del resuello las nítidas palmeras de lo distante;

y los grandes alciones cruzan mientras se levanta convaleciendo el sol sobre las pulidas aguas del océano.





ASÍ A DÓNDE VAMOS A IR, SI NECESITAMOS TANTO?



Así a dónde vamos a ir, si necesitamos tanto? Si todo se gasta un jolongo de algo, un tranvía de eso y de aquello, un triste diapasón de utensilios;

porque no hay manera, no basta con las manos, no basta con añadir los pies, las rodillas, los codos, los hombros, la cabeza;

no basta: siempre urge una prolongación, un abarque mayor o menor, una hendidura más larga, una extensión casi planetaria;

en cuanto se viene desnudos y desnudos nos marchamos, debíamos tener una desnudez intermedia, pero no es posible;

nos vamos entretejiendo, envolviéndonos, esposándonos, hilándonos y deshilándonos, oh Penélope;

y nos vamos alargando, demorando, sucediéndonos repletos de botones, bocinas, barrenas, oh Odiseo;

grandes son las alforjas de nuestro destino, crecen como los gajos de un milagro, pues vivimos de adminículos;

dependemos de los artesanos que se especializan, de las industrias que se especializan, de los países que se especializan;

toda nuestra libertad radica en el aceite, la sal, la tinta, el petróleo, el papel, el fósforo, el antibiótico;

toda nuestra existencia pasa como un hilo por el que trae el ajo, el distribuidor hidráulico, el mecánico de las imágenes y los dientes;

oh Edison, cómo es posible? hacia dónde vamos a ir si ya necesitamos de este modo? hacia dónde, si somos tantos, y demandamos tanto?;

cuántas cucharitas de diversos tipos, cuántos cuchillitos para los pies, los panes, los pescados;

cuántos espejos y cremas, cuántas tenazas y esmeriles, cuántos títulos y expedientes, cuántos galones y planillas;

cuántas sogas y diademas, detectores y lentes, armas y bebidas, aviones y peinetas, espátulas y misiles;

y hemos olvidado los matices simbólicos del cielo, el sabor del rocío o de la yerba macerada bajo las caderas del amor;

a qué olían las costas de los ríos vírgenes, los langostinos de los arroyuelos, las manos de la amada dentro de las hojas del sasafrás solemne?;

fíjate bien, Tersites, que todo es agotable, insostenible, deleznable, expulsable, pero goza de un acabado perfecto;

fíjate que todo fosforece en líneas puras, pero es para un sólo golpe de boca o para el paréntesis fugitivo del mes;

qué se fizieron los ebanistas que levantaban aquellos muebles sólidos, aquellas mesas que atravesaban como barcos las aguas de los siglos?;

qué se fizieron los artefactos solos, que no formaban cadenas de cadenas, que eran inderivables unos de otros como zafados eslabones?;

oh Plutón, vivir para tantas cosas grandes y chiquitas, urgentes y bellas, frágiles y mancomunadas, terminables y extensas;

con cuántos racimos vive el hombre, dentro de qué férulas, árbol que nunca acaba de gajear hacia la totalidad del viento.






A VECES, CON LAS ÚLTIMAS LUCES DE LA TARDE…



A veces, con las últimas luces de la tarde, van saliendo poco a poco de las estaciones los pobres y oscuros trenes;

son metálicos y sucios, atestados de seres presurosos que callan mientras el silbato se despide de los andenes;

y los postreros trozos de periódicos van corriendo por el cemento, por debajo de los zapatos, hasta que caen hacia los rieles brillantes;

y entonces, entre la luz sesgada de la tarde, cierta luz de bijol y aroma triste, se van perdiendo los últimos coches;

y yo soy el viajero, yo siempre soy el viajero, el hombre recostado, meditabundo, que está parado en el estribo;

soy el viajero que ha partido y que no ha llegado nunca, que busca lo ilusorio dentro del túnel de los trenes;

y entonces digo adiós a todos, y adiós a mí mismo, y estoy diciendo adiós, moviendo el pañuelo utópico;

y yo tengo una larga vida detrás, y una larga esperanza delante, y una opresión dolorosa dentro del corazón que canta mucho;

y a veces soy de nuevo, siempre soy de nuevo aquel niño rural que veía pasar los pequeños trenes negros de la infancia;

y cómo es posible que yo sea todavía aquel niño, que yo tenga por dentro el mismo viaje de heridora nostalgia?;

son cosas que no están bien en la evolución de los destinos, porque duele mucho conservar esa fugacidad dormida;

es mejor ir de coche en coche bromeando con los restantes ensimismados, con los prójimos distraídos;

es mejor sacar los ojos al paisaje, ya deletreado como un salmo visual, como una copla monótona;

o hundirlos en las cercas próximas, que van uniendo llenas de prisa sus postes florecidos, sus muñones negros;

o entrar hacia el alma, viajera lenta, que cruza con sus bártulos por lo aéreo mientras las chispas de los raíles copian los primeros destellos de Venus!





BAJO LA SOMBRA DEL ILANG-ILANG…



Bajo la sombra del ilang-ilang
escribo con el sol majado en el mortero del follaje;

allí sentado escribo, en medio del paisaje
interior que los hombres en sus casas se dan;

escribo, mientras los minutos van
cayendo, como mismo bajan las hojas demoradas;

las manos, alertadas,
copian en verbo rápido el suceso;

de cuando en cuando advierto el leve peso
de monedas solares desde arriba lanzadas;

pero la sombra gana la partida
y se siente un frescor que estimula a cantar;

en este manso sitio se puede oír el mar
cuando quiebra su frente en la margen herida;

se podría escuchar la boda enardecida
del basalto y la estrella;

o el texto aquel que dice la querella
—lo cantó Juan Cristóbal— dentro del bosque umbrío;

soy del planeta, pero tengo un fragmento mío
donde poner la huella;

ahora mismo las voces de los que allí trabajan
escucho:

me gusta mucho
sentir cómo el sonido y lo silente encajan;

las raíces que suben, los follajes que bajan
arriban solos a mi copa honda;

soy la cepa y la fronda
de un viejo eslaboneo;

percibo, más allá de lo que veo,
una luz más redonda;

tiene que haber un reino de mayor señorío
y un espacio de más delgada transparencia;

porque lo eterno nace desde la contingencia
y a la cumbre se llega transitando el bajío;

distingo ahora el impalpable envío
de los otros, adentro de esta honda soledad;

siento, por sobre la inconformidad
de mi sangre, una médula posible;

es algo unible
que se columbra hacia la oscuridad;

oh tarde silenciosa,
me siento sin edad, con todo el tiempo unido;

cómo es posible si yo no he vivido
mucho más que la rosa?;

y he sido una centella de carencia imperiosa
y un duro rayo de dolor tremendo;

cómo es posible, qué es lo que no aprendo
dentro de esta obcecada lucidez?;

ah la altivez
enarbolada en medio del remiendo;

y no eres dueño
ni de tu propio sueño;

sólo has tenido, y al desgaire,
el aire;

pero has sido monarca del empeño
y de la trémula mensajería de lo invisible;

se te volvió escribible
el mundo;

y ardes profundo
igual que un combustible;

azul derribo, el resplandor ahora
cae trucidado de la altura;

dentro de la blancura
de la página es una rabia invasora;

hacia la sombra protectora
corro el asiento;

y en este movimiento
toco los nudos del espacio;

congruencia viva, todo va despacio
dentro del pensamiento;

el discurrir preludia
la idea;

el interés —polea
pertinaz— interludia;

la gana estudia
alrededor;

en la boca la música del verso, ese temblor
convoca;

y la demanda de seguir provoca
una honda búsqueda interior!





EL CAMINANTE


A Isaida, Juanita y Oneida


    Como un sismo
    canto.

    Me levanto
    del abismo.

    Soy yo mismo.

    Y los otros.
El Sí mismo, y el Nosotros.

    Reverbera
    la pradera.

Ascienden los blancos potros.

    Qué de días
    bajo el sol.

    Qué crisol
    de porfías.

    Horas mías,
    qué tejido.

Con mis horas me he cernido.

    Me tamiza
    la ceniza
    del olvido.

    El minuto
    me fascina.

    Breve mina
    de absoluto.

    Cada fruto
    es la entera
    primavera.

    Y mi vida
    es cumplida:
    duradera!

    No termino.

    Me amontono,
    y me dono
    repentino.

    Mi destino
    lo amalgama
    todo:
             ama!

    Junta
    lo que apunta
    cada rama.

    Ah los días
    de zarcillos
    amarillos.

    Las sombrías
    herrerías
    del dolor.

    Y el valor
    que uno saca
    de la opaca
volcadura del pavor.

    Las honduras
    que uno toma
cuando la vida desploma
    sus oscuras
    coyunturas.

    Los estribos
    sensitivos
    que apuntala.

    Lo que hala
con tendones combativos.

    Al espanto
    lo conjuro.

    De lo oscuro
    me levanto
    con mi canto.

    Salgo. Sueño.

    Sobre el ceño,
    lumbre:
    la costumbre
    del empeño!

    Aquí estoy,
    en la huella.

    A la estrella
    voy.

    Hoy
    y mañana.

    Mana
    la corriente.

    Y mi frente
    va liviana.

    De la vida
    hacia el verso.

    Universo
en cápsula comprimida.

    Patria unida.

    Pleno
    seno.

    Tema grave,
    ya se sabe:
O me salvo, o me condeno!

    A lo oscuro
    bajo,
    pues trabajo
    lo futuro.

    Y procuro
    el mayor
    esplendor.

    Y la nota
    más ignota
    del amor.

    Cribo
    con el pulso
    el impulso
    sensitivo.

    Me inscribo.

    Incorporo
    cada poro.

    Sudo
    bajo el crudo
    deterioro.

    Y al concluir
    alzo
a mi corazón descalzo
    del morir.

    Advertir
    que la huella,
    tras la bella
    aventura,
añade al fin en la altura
    una estrella!









EL DISCURSO DE NEZAHUALCÓYOTL

A Juanita Conejero

Somos como las flores: nacemos, y pronto nos marchitamos…
Job 14.2



Vi cómo asesinaban a mi padre: fue en el bosque, y lo contemplé todo oculto detrás de un gran tronco: esa pavorosa mirada se encuentra ahí todavía, encarnada sobre el libro de pinturas.

Cuanto existe se desencarna, pero esta visión permanece: ahí comenzó lo que fue comienzo profundo, y lo que ya es imagen fija: cualquier desborde es porque se obstruye el flujo!

Pónganse de pie, cantores: aquí, en esta sala de música, pónganse de pie; allá, bajo el árbol florido, pónganse de pie: sólo de pie, con flores y entre todos, puede entonarse un gran canto.

Atavíense, para sostenerse de verdad aunque sea un segundo: atavíense de flores y cantos para la hermandad, y cantemos puestos de pie la angustia que significa despedirse algún día.

Estoy muy triste, me aflijo abundantemente: mi angustia vuelve y vuelve, como un agua ebria, empapándolo todo: pero el canto es como un brillo fresco, un relente tan alegre!

Agiten el abanico y beban su licor: comience entre todos el cruce de cantos, jubilosos de flores bien elevadas, porque ésta no es nuestra casa: de aquí tendremos que marcharnos sin remedio.

Cómo podrá disiparse este disgusto de tener que abandonarlo todo algún día?: sólo se disipa de verdad con flores y cantos: sólo un corazón atareado y magno inspira un libro de pinturas.

Mucho hemos hecho, y seguiremos haciendo mucho: no nos paraliza el disgusto: pero ahora, bajo la lucidez que proporciona elevar flores y cantos, entra la verdad en nuestro corazón.

Soy cantor, un papagayo de gran cabeza: hágase la danza, que sólo en la tierra hay placer aunque sea por un instante, y uno se da a conocer con flores: las flores prestadas de la tierra!

Porque entraremos en la región donde se pierde el cuerpo: habrá que arribar a la casa del silencio, de la que no se vuelve: es ineludible que ocurra, y nos iremos de una vez para siempre.

Vibren las sonajas, atiranten los tambores: atavíense como quetzales y guacamayas: que la gran guacamaya presida, y las águilas y los tigres beban cacao para la refulgente danza.

Mi corazón también es feliz hasta ahora, debo decirlo, y mucho más ahora que cruzo mis flores con otros cantores, pero lo tengo todo bien entendido: tendremos que entrar sin falta en la sombra.

Dador de Vida, padre nuestro, qué pasó con nosotros?: respetuoso, pero airado, te lo estoy diciendo: tú, que lo invades todo como el agua y el viento, qué hiciste en verdad con nosotros?

Cómo es que te nos escapas en los espacios?: te he levantado una torre llena de pisos de paz y gloria, y no te encontramos: nadie sobre la tierra puede ser tu amigo: te esparces demasiado!

Apiádate de nosotros, que hemos nacido en vano: ciertamente somos menesterosos, pues la amargura nos invade y conduce: qué dicha puede haber si partimos y perdemos el cuerpo?

Dador de Vida, sobre la tierra nos embriagas y enloqueces: quién puede tener aquí éxito verdadero?: sólo alcanzamos a invocarte, porque nadie entra en la casa del que se inventa a sí mismo.

Cuánto evoco a los reyes que fueron: si los buenos reyes pudieran regresar ahora, pero fueron quebrados como unos tiestos frágiles: entraron en el lugar de los carentes de músculos.

Nadie torna de su ausencia: también soy rey, y gobernando he envejecido: he erigido palacios y templos, calzadas y acueductos, academias y bosques, cantos y libros de pinturas.

Pero tengo el corazón desolado; me pongo el lustroso collar delante de águilas y tigres: soy el poeta de la ribera de las nueve corrientes, pero sufro en la tierra: me sale de adentro la tristeza.

Allá en la ribera de las tórtolas tendré sepulcro después que me lloren las ancianas alrededor de la estera de plumas amarillas: que me amortajen como a todos, pues nadie faltará a la cita!

Debajo del árbol florido que me amortajen: soy poeta y mi canto logrará vivir aquí en la tierra: enderecen el corazón, atavíenlo de flores y cantos, que éste es el instante auténtico del gozo.

Entremos en la casa de la pintura y vibren los cascabeles: cante el faisán sobre las flores del canto: agrupémonos a la sombra magnífica del árbol florido, tanto los tigres como las águilas.

Como las plumas nos esparciremos, con flores de oro y negras, ataviados con ajorcas de jades, bebiendo cacao con maíz y venerando la amistad, porque no se puede ser rey dos veces!








EL DISCURSO DE OMAR KHAYYAM

A Jesús Aismar Zamora



Saquí! Exquisito es el vino, y el giro de tu mano escanciándolo es fascinante:
tu gesto tierno y el terrestre zumo son la gloria más alta del planeta! 

Incitante es la oscilación de tu cintura bajo la cadencia del arpa,
y el rojo vino se desparrama en la copa suscitando una alegría sin medida.

Tengo setenta años, y me despabilo a tomar la copa que ofreces:
me reconforto viendo cómo chispea la vida en tu vehemente mirada!

Dudas tuve, pero ya no las tengo: lástima que resulte tan tarde:
ya tengo aprendido que manejamos sólo fórmulas del pasado o el futuro.

Todo se asienta sobre partículas: la razón es un acople funcional:
entre dos sombras despierta el instante, que es todo el intervalo del gozo.

La eternidad es sólo una centella: este ahora en que el vino se inquieta
derramado en el cristal por un ademán tuyo, ungido de música y delectación!

Te adelanto cómo son las cosas, para que estés bien decidida, saquí:
lo que vemos directamente es alucinante: la vida es misteriosa e involuntaria!

Esto que somos, saturado de anhelante temblor, es una eventual
simpatía de partículas: una breve y vanidosa asociación de materias!

Estamos en nosotros, pero sabemos poco de nosotros: el corazón
no comprende el enigma: los sabios cabales se encuentran perplejos!

Un parpadeo, y nos fuimos: y nunca estuvimos realmente a gusto:
viste que se marchitó de pronto el tulipán, y no volverás a verlo abrirse!

El tiempo es un alfarero: con arcilla torneó la estilizada cántara,
y el uso la devolvió a la arcilla, de donde volverá a extraerla en silencio…

Con la arcilla de nuestros cuerpos se moldearán ladrillos y cántaras:
el aprendiz que está cribando la tierra se encuentra cribando sesos y ojos.

Las bellas muchachas fueron cien veces partículas para nuevas jarras:
estoy viendo en las palmas húmedas del alfarero la mirada de mi padre.

Saquí, la alegría es mi auténtica dote: me caso con la hija de la vid,
y luego esparzan mis cenizas y empapen mi tierra con el fragante vino.

La yerba brota de continuo desde los labios de un ángel yaciente:
va la luna de llena a nueva y de nueva a llena, y en el muro canta el cuclillo.

En las ruinas del palacio ahora paren gacelas y reposan zorros:
sólo somos una gota de agua que al agua se suma y acaba en el mar.

Esto de existir o no existir en verdad es una quebradiza apariencia:
lo único tangible que tenemos mientras vivimos es el viento en la mano!

Cuánto gira el mundo: el mundo se encuentra sujeto a la rueda celeste:
no te vayas a entristecer cuando te alcance el instante de tu giración.

La copa de mi vida ya rebosa los setenta: levanto el vino y el tulipán:
maravilloso será atarse con la cabellera de mi amada, y que gima el arpa! 

Todo fluye como el azogue: denme un trozo de pan, un poco de vino,
un libro de poemas, y tú y yo, mi amada, sentados en la orilla de un arroyo.

Alza la flor, y bebe vino: las páginas de existencia pasan sin cesar:
no estés sola: hay que tomarse de las manos con amor para irradiar la onda.

Como una cuerda es la vida: la tensión exacta da el más divino tono:
ahora que has entendido el giro canta con entusiasmo inmenso tu canción!







EL DISCURSO DE ONÁN

El cuerpo, en lances de amor, es parte indispensable del alma.
Epicuro



No puedo vivir sin ti, compañera.
No puedo sostener solo mis insignias contra el viento.

Me duele el destino como una mala encía cuando me falta
tu calor voluptuoso y envolvente, tu compañía de fragancia y deseo.

Sube una energía. Es una energía tremenda,
llena de furor que sube y se distribuye a través de mis venas.

Cuerpo mío, cuerpo mío afuera del mío, déjame
colocar en ti esta energía que es tuya, pues tiene tu imagen.

Puerta blanda de mi destino, déjame entrar.
Déjame entrar, umbral dulce de mi vida.

No me faltes ahora que la soledad es ancha como un desierto,
abierta como una constelación baldía.

Mi sangre, ciega y callada bajo mi piel para tantas cosas,
para ti es vidente y lúcida, y conoce perfectamente tu nombre.

Tú te acumulas con los días, vas sucediendo en los pisos del deseo,
te agolpas cada día como una gana más honda y más alta.

Y llegado el momento estallas como una imagen cuyos fragmentos
mis brazos procuran unir antes que se dispersen en la soledad del mundo.

Pero, dime, estoy solo en estos pensamientos?
Son míos nada más?

Estos gestos silenciosos sólo ocurren en mis venas, en mis glándulas,
en mis huesos, en mi frente, en mis ojos profundos?

No me olvides, que te necesito para ver dentro de mi propio ser,
para encarnar lo que estoy destinado a ser desde los gérmenes.

A la derecha, volteando el rostro, veo
que pasas de pronto, como una sombra fascinante.

A la izquierda, volteando el rostro, veo
que sucedes de súbito, como un espectro dulce.

Delante y detrás te veo, volteando el cuerpo. Te veo
en todos los puntos, girando con el alma en el poliedro del recuerdo.

No hay nada como entrar en ti, lentamente,
como quien silabea una lengua de frutas invisibles.

Aunque tienes una estirpe, cómo es que te me presentas
sola sobre la tierra, sin orillas ni orígenes?

Así, en la soledad, cargado de tu deseo, de cuya ausencia sufro,
pido no pensar en nada, renuncio a todo, como un asceta.

Pero no puedo, tu cuerpo se me multiplica
como loca poceta o espejo frenético.

A ti, que te he amado largamente, que te he conformado en mis visiones,
vuelvo siempre, vuelves, desde el difumino de la separación y la distancia.

Y tú lo sabes? Te enteras de esos regresos tuyos
que son enteramente míos?

Sagrada es la mujer desnuda, bien tendida o en posiciones de fascinación dulce,
cuyos fragmentos corporales distribuye algún geómetra divino.

Son trozos de constelaciones, firmamentos curvos que solicitan viaje,
frondas insinuantes del árbol donde el saber comienza!

Tú, productivamente distribuida, que tienes tantos puntos hermosos
donde carenar la nave, déjame que mi atributo te recorra y penetre.

Bajaré a descubrir con mis labios la totalidad secreta de tus mundos
y te perseguiré los abismos musitando palabras terribles.

Quiero que tu piel oiga, a través de su extensión y sus íntimas bordaduras,
el mensaje de mi corazón entregándose.

Tu ausencia duele, como un hueso quebrado. Duele,
como una sangre quemada. Duele, como una vida rota por el vacío.

Mujer, luna abierta, con sólo separar un poco tus muslos
se organiza el universo bajo nuevas leyes.

Tu poder de abertura es inmenso: todo lo convocas y resurreccionas,
y la sangre apetece desembocar en ti, como en una patria.

Ven, y no me esperes. Acércate, sin separarme jamás.
Búscame tú misma, con el mismo impulso con que yo te busco.

Ven, abeja participante y deseosa,
con tus danzas de rotación y búsqueda.

Sea la refracción de los impulsos, la devolución
de los desbordes, todos mis avances en tu avance.

Éste es el amor que va hacia el amor que viene, los dos amores
del amor, sólo así, los dos hacia la unidad ardiente!

Amada mía, hecha de antiguas espumas, criatura loca del aire,
sólo yo te veo en esta soledad de hoy, tan llena de recordada compañía.

Tu cuerpo no puede ser comparado: no bastan
las geografías, los vegetales, los animales voluptuosos.

Habría que inventar una lengua para el amor,
el esperanto del perfume y el fuego!

El amor está evolucionando delicadamente. Se está adueñando
de zonas nuevas, y se está abriendo dentro de la frente como una flor desconocida.






Roberto Manzano (Ciego de Ávila, Cuba, 1949). Poeta y ensayista. Licenciado en Educación. Máster en Cultura Latinoamericana. Diplomado en Investigación Cultural. Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 2004, de México, y Premio Nacional de Poesía 2005, de Cuba. Premio Silvestre Balboa 2004. Premio La Rosa Blanca 2005 de Literatura Infantil. Premio Samuel Feijóo de Poesía y Medio Ambiente por la Obra de Toda la Vida 2007. Premio Medalla Felipe Poey de la Sociedad Económica Amigos del País 2007. Ha impartido cursos y diplomados para la formación de escritores en Cuba, Colombia y Panamá. Ha ofrecido recitales y conferencias en Estados Unidos, Venezuela, México, Panamá, China, Paraguay, Colombia. Ha publicado antologías y muestrarios de la poesía cubana del siglo xix y de los más recientes poetas cubanos. Tiene numerosos libros de poesía publicados.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario